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Retos para la historiografía que viene

Autor

Marcel Taló

Llicenciat en Història

Partamos de la duda como principio motor del estudio histórico. Cuestionarse por qué pasan las cosas y echar la vista atrás, buscar la respuesta debería ser un requisito indispensable para cualquiera que se pretenda historiador. A pesar de esto, rebuscar entre el pasado las respuestas que nos sirvan para comprender el presente no es siempre una tarea sencilla. Quizá no sea este el momento ni el lugar para reivindicar la función social del historiador, es decir, el compromiso que tenemos con el mejoramiento del presente para una mayoría social. Quizá sea este, por el momento y en este artículo, el espacio para una breve reflexión que no aspira a más que señalar los retos y dificultades contra los que, a mi modo de ver, deberá batallar la historiografía joven, tan marcada por la crisis, sus miserias y sus exilios.

El primer paso es el de desprenderse de la inercia del discurso teleológico dominante no solo en la academia, sino también en todos los medios de comunicación de masas. Este discurso pretende convencernos de que la historia tiene un fin concreto, que el tiempo solo ha pasado para que el conjunto de la humanidad pudiese llegar a donde estamos hoy. Camino unidireccional e inevitable. Cualquier atajo o desvío era tramposo e ignorante, pues desconocía que, según insiste este discurso, el fin de la historia es el capitalismo y la democracia liberal. A la práctica, lo que pretende este discurso es deshumanizar la historia. Me explico: la liberación de los esclavos de la antigua Roma no fue debido a la lucha de estos, sino fruto del paso del tiempo; la evolución del capitalismo en la Edad Media no fue una reacción de la burguesía urbana a las alternativas socializantes que planteaban los campesinos de toda Europa, sino de nuevo, fruto del paso del tiempo. Si el motor de la historia es la historia en sí misma, y no su gente, la humanidad queda “des-responsabilizada” de su suerte y su futuro. Desprendernos de este discurso pasa por recuperar la convicción de que el presente es un producto histórico también cambiante y cambiable, complejo y, a menudo, acomplejado. Quizá una metáfora sea mejor que cien líneas: la historia es como una bicicleta en la que, si no pedaleamos, cae.  A esto se refería Marx en sus tesis sobre Feuerbach, al decir que los filósofos debían transformar el mundo.

Si la duda, como decíamos al principio, debe ser el motor del estudio histórico, el papel de la crítica no debe ser menos importante. Como decía Pierre Vilar, entre muchos otros, la historiografía debe estar siempre en construcción, añadiendo nuevos enfoques a sus análisis, invitando a otras disciplinas a mejorarlos, con el fin de llegar a comprender mejor la totalidad del pasado con toda su complejidad. Es una carrera sin fin, pero no por eso no merece la pena no correrla. No se me malinterprete: no es esto una renuncia a la pretensión de objetividad ni una apología de la posmodernidad. Huir de las conclusiones absolutas, de los análisis que se pretenden eternos, no se ha de confundir con la propuesta posmoderna en que todas las opiniones son válidas y legítimas. No por no poder alcanzar la verdad debemos renunciar a ella. De hecho, lo que aquí se defiende no es la posmodernidad, sino precisamente lo que esta vino, a mi modo de ver, a combatir: la dialéctica y siglo y medio de reflexiones sobre el sujeto y el objeto, bajo condiciones de producción capitalista. La dialéctica, es decir, este método de análisis que nos aleja de la lógica formal y que nos permite explorar las sociedades a través de sus contradicciones, no solo sirve para investigar, sino también para avanzar en la redacción de nuestras conclusiones y en la mejora de nuestras herramientas de análisis. Combinar dialécticamente deducción, a partir de la teoría, e inducción, a partir de los datos, sin duda nos hará completar análisis y conclusiones que envejecerán mucho mejor.

Más allá de un debate ideológico, la discusión sobre la posmodernidad es también un debate epistemológico. Acabar con todos los presupuestos, renunciar a las categorías analíticas (clase, género, nación, sujeto, etc.) apelando a su inutilidad, a la larga no puede ser bueno. Es obvio que hay que combatir ciertos modelos interpretativos que inmovilizan las sociedades, en otras palabras, que plantean esquemas demasiado rígidos para llegar a comprender su complejidad. Sin embargo, la crítica a estos modelos no es excusa para abandonarse al relativismo al que nos obliga una posmodernidad impuesta desde los medios académicos. No es una nueva fase del pensamiento filosófico, arquitectónico o político, sino que resulta la consecuencia lógica e ideológica de la nueva fase del capitalismo global.

La historiografía que viene debe ser consciente de que, a medida que pretenda combatir la posmodernidad, deberá doblar sus esfuerzos para convencer a un público que, de forma más o menos consciente, ha aprendido a pensar posmodernamente: análisis rápidos, fugaces, planteados en tiempo corto, al dente, sin dejarlos reposar. Nuestro objetivo debe ser que los demás se percaten de que estos no sirven más que para enriquecer a editores ávidos de dinero y adulterar tertulias de radio o televisión. Que si el objetivo de estudiar historia es estudiar el pasado, para poder comprender el presente e intentar mejorarlo, hay que dejar madurar los análisis, construirlos sobre bases empíricas, discutirlos y mejorarlos poco a poco. Tarea ardua y difícil, pero necesaria e inevitable.

Imatge: L’enderroc dels edificis de Pruit-Iggie s’ha considerat vom un símbol de l’inici de la posmodernitat.

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