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A propósito de Suárez y la transición

Autor:

Pedro Picón

Llicenciat en Història

La muerte del que fue primer presidente del gobierno español de la democracia restaurada en 1977 -sí, restaurada, porque la 2ª República de la década de los 30 fue un período democrático en la historia contemporánea española, digan lo que digan algunos pseudohistoriadores revisionistas-, después de casi 40 años de dictadura franquista y de un período convulso de cambio político o transición, generó hace ya más de mes y medio todo un alud de exaltación de su figura, creando su mito post mortem, difundido por los principales medios de comunicación españoles.

Dos días antes de su fallecimiento, me quedé perplejo en el sofá de mi casa al ver, desde una cadena de televisión generalista, la reposición de una serie en homenaje a su figura, titulada Adolfo Suárez, el Presidente, un auténtico insulto a la historia y a lo que de verdad ocurrió durante esa etapa. Por ejemplo, en una de las escenas, se podía ver al actor que interpretaba a Suárez entregando al que representaba al príncipe de Asturias, Juan Carlos de Borbón, una servilleta donde estaban especificados toda una serie de pasos que se tenían que seguir, para que, una vez muerto Franco, se pudiera instaurar la democracia y dar la voz al pueblo español. Esta serie -al igual que la mayoría de noticias que abordaron su muerte días después- es el reflejo de una determinada visión de la transición a la democracia abrumadora hoy en día en los medios de comunicación[1]. Una visión que, desde el presentismo histórico, aporta una interesada explicación de la Transición que, tal y como afirman los especialistas Carme Molinero y Pere Ysas, <<proyecta retrospectivamente los resultados de un proceso -valorado positivamente por la sociedad española- convirtiéndolos en los objetivos de un hipotético proyecto cuyo éxito puede ser capitalizado por sus supuestos autores>>[2]. De esta manera, se presenta el proceso de cambio político como el resultado de un proyecto elaborado y dirigido desde las instituciones estatales, con el Rey Juan Carlos y reformistas franquistas como Torcuato Fernández Miranda o el mismo Adolfo Suárez como principales protagonistas, en medio de una sociedad española pasiva y desmovilizada[3].

En estas pocas líneas, pretendo desmontar tal interpretación de la Transición, haciéndolo desde la óptica histórica y no desde el sensacionalismo periodístico tan predominante, por desgracia, hoy en día.

El pasado de Suárez

Nadie puede negar el importante papel que Adolfo Suárez jugó durante la Transición, ni su labor como primer presidente de la democracia entre 1977 y 1981 -siendo el único presidente de gobierno en España que ha dimitido de su cargo, un hecho impensable hoy en día-. Pero lo que no es aceptable es hacer creer a la opinión pública que Suárez inventó la democracia una vez subió al poder. Como ya he mencionado antes, hubo un período democrático entre 1931 y 1936, que se truncó por un golpe de estado fascista y una cruel guerra civil de tres años. Y porque Suárez, antes de ser presidente electo por mandato popular, tuvo un pasado estrecho con el régimen franquista y sus instituciones, ocupando diferentes cargos de la mano de su mentor, Francisco Herrero Tejedor: formó parte de la Secretaría General del Movimiento en 1958, en 1961 fue Jefe del Gabinete Técnico del Vicesecretario General, fue procurador en Cortes por Ávila en 1967, gobernador Civil de Segovia en 1968, Director General de Radio Televisión Española entre 1968 y 1973, y Vicesecretario General del Movimiento entre abril y junio de 1975, meses antes de la muerte del dictador. Suárez era, pues, un franquista de tomo y lomo (una obviedad que muchos/as no tienen aún clara) del sector reformista de las élites políticas franquistas, que creían que el régimen tenía que dar pasos hacia su apertura política, pero que no renunciaba ni a los Principios del Movimiento Nacional, ni mucho menos tenía la pretensión de, a corto, medio o largo plazo, sustituir el franquismo por un régimen democrático. Y esto es importante que se remarque para entender los pasos dados por Suárez entre 1975 y 1977.

La muerte de Franco. ¿Fin del franquismo?

Francisco Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Tal y como estaba previsto en la ley de sucesión en la Jefatura del Estado, Juan Carlos de Borbón fue proclamado Rey de España dos días después, dando señales, en su discurso de entronización, de una voluntad política de cambio y de querer ser “el rey de todos los españoles”[4] . Pese a estas esperanzas, la monarquía entrante no supone la eliminación del régimen anterior: la estructura política e institucional del franquismo sigue intacta bajo el nuevo jefe del Estado[5]. En los inicios, la monarquía de Juan Carlos es la del “18 de julio”, no la monarquía constitucional hoy vigente. El continuismo con el franquismo se muestra claramente en el mantenimiento de Arias Navarro como presidente del gobierno (el otrora alcalde de Madrid entre 1965-1973, y apodado “El carnicerito de Málaga”, por su actuación como fiscal durante la represión de guerra y posguerra en aquella ciudad).

Pues bien, en el primer gabinete monárquico de diciembre de 1975, con Arias al frente, heterogéneo en cuanto a su composición y que reunía a los pesos fuertes del reformismo franquista (Areilza, Fraga, Solís), cada uno con ambiciones y aspiraciones personales, encontraremos a un Adolfo Suárez que será nombrado Ministro Secretario General del Movimiento, cargo que ocupó entre este mes y junio de 1976. Un gobierno que se caracterizó por aplicar un reformismo muy limitado, proponiendo leyes restrictivas sobre el derecho de reunión y asociación, que no contemplaban la existencia de partidos políticos, y que también continuó con la represión de la oposición y el movimiento obrero, en un año (1976) de conflictividad laboral y política en aumento, donde las fuerzas antifranquistas promovieron una serie de movilizaciones populares, para reclamar las libertades democráticas y la amnistía de los presos políticos.

La situación de crisis y división dentro del gobierno de Arias, a medida que pasen los meses, se producirá entre continuistas –conformes con el status político heredado- y reformistas -que propugnaban una reforma política orientada a conservar la estructura jurídicopolítica del régimen, ampliando las vías de participación y de libertad de expresión-. Entre éstos últimos, hemos de ubicar a un Suárez que, contra todo pronóstico, será nombrado el 3 de julio presidente del gobierno por el rey Juan Carlos, después de que éste forzara la dimisión de Arias Navarro, y gracias a la intermediación de Torcuato Fernández Miranda, como presidente de las Cortes y del Consejo del Reino.

El primer  gobierno Suárez (Julio 1976 – junio 1977)

Suárez respondía al perfil que el monarca estaba buscando: había demostrado inteligencia política  así como una voluntad reformista. Pero no tenía ningún plan o ruta hacia la democracia previo a su designación. El tránsito hacia un nuevo régimen, si lo había, no tenía un perfil definido, por parte del nuevo gabinete de la monarquía[6]. Si la voluntad de Suárez era empezar un proceso de democratización, yendo más allá del inmovilismo de Arias Navarro, los objetivos, el camino y los límites de este proceso no estaban en ninguna parte escritos. Las tímidas medidas de amnistía política, los contactos informales con la oposición (el PSOE de Felipe González) o la misma Ley para la Reforma Política, aprobada en el mes de noviembre por las Cortes (y refrendada en diciembre), son un claro ejemplo de esta indefinición y de que el proceso no estaba nada claro. En cuanto a esta última ley, si bien abría las puertas a unas elecciones por sufragio universal, no definía aspectos como el de las candidaturas de los partidos -Suárez había jurado frente a la cúpula militar que el Partido Comunista no se legalizaría, por ejemplo- o el escrutinio, además de mostrar la voluntad dirigista del ejecutivo en referencia a los pasos a seguir. Las elecciones de junio de 1977 no serán a cortes constituyentes, sino que se convocarán conforme a la Ley de Reforma Política, la última ley fundamental del franquismo, que no garantizaba las condiciones mínimas para que estas fueran unas elecciones libres, con la participación de todas las fuerzas políticas y con el pleno respeto a la voluntad expresada[7]. No será hasta inicios del año 1977 cuando Suárez se dé cuenta de que su gobierno tiene que ir a unos acuerdos de mínimos que rompan con el proyecto reformista, y que estos han de estar delimitados a la condición de celebración de unas elecciones pactadas con la oposición política. El resultado de esas elecciones -en las que algunos partidos no pudieron presentarse con sus siglas todavía- será el elemento que determinará el proceso constituyente y el impulso hacia el cambio democrático, pero no antes.

Conclusiones

El mito de Adolfo Suárez como el “creador de la democracia”, inserido en esta interpretación predominante de la Transición que, en última instancia, pretende legitimar tanto la figura del rey Juan Carlos, así como de buena parte del reformismo político franquista, poco tiene que ver con la realidad histórica. No sólo ya por el pasado que unía a todas estas élites con el régimen anterior, sino también por el hecho de que ignora algunos factores muy importantes: como, por ejemplo, el relevante papel que jugó la movilización social y la oposición antifranquista en la configuración del escenario de crisis de la última etapa de la dictadura, ya en los años sesenta, así como durante el proceso de cambio político. También porque no tiene en cuenta que la transición a la democracia fue un proceso complejo, donde entraron en juego diversidad de proyectos políticos[8] (el continuista, el reformista y el rupturista), las fortalezas y debilidades de los cuales acabaron condicionando los acuerdos mínimos que llevaron a la celebración de unas elecciones, cuyo resultado pudo abrir la vía a un proceso constituyente que acabó con la implantación de un régimen parlamentario democrático, destruyendo la legalidad franquista vigente hasta entonces. En definitiva, que sólo teniendo una visión global de todo el proceso y de sus actores, y sin mitificar de forma partidista a una sola parte de ellos -como se ha pretendido hacer con Adolfo Suárez a raíz de su muerte- se puede hablar con criterio de esta etapa tan importante de nuestra historia reciente.

Imatge: Cartell del museu Adolfo Suárez a Cebreros (Ávila)


Bibliografia

[1] YSÀS, Pere. “Una nota sobre la crisi del franquisme i la transició a la democràcia”, HMIC: Revista d’història moderna i contemporània, nº3, 2005, págs.101-111.

[2] MOLINERO, Carme; YSÀS, Pere y MARÍN, José María: Historia política 1939-2000, Madrid: Istmo, 2001, pág. 247.

[3] YSÀS, Pere. “La transición española en la democracia: historia y mitos”, en ESPUNY, Mª Jesús y PAZ, Olga; 30 años de la ley de amnistía, Dykinson, Madrid, 2009, pág. 20.

[4] Un extracto del discurso real en BARCELÓ, Mercè y GARCÍA, Fernando (coords); Materials de dret constitucional. Principis constitucionals bàsics i òrgans constitucionals. Bellaterra: UAB-Servei de publicacions, 2007, págs. 37 y 38.

[5] MOLINERO, Carme; YSÀS, Pere y MARÍN, José María: Historia política 1939-2000… pág. 248.

[6] YSÀS, Pere. “Una nota sobre el franquisme i la transició a la democràcia”… pág.107.

[7] YSÀS, Pere. “La transición española en la democracia….”, pág. 37.

[8] JULIÀ, Santos. “En torno a los proyectos de transición y sus imprevistos resultados”, en MOLINERO, Carme (ed): La Transición, treinta años después. De la dictadura a la instauración y consolidación de la democracia, Barcelona: Península, 2006, pp. 59-79.

 

 

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